La esencia del Evangelio: El supremo mandato de Jesús de amar-Vigésimo quinto domingo después de Pentecostés

La esencia del Evangelio: El supremo mandato de Jesús de amar-Vigésimo quinto domingo después de Pentecostés

Año A, Vigésimo quinto domingo después de Pentecostés
29 de octubre de 2023      

Año A: Deuteronomio 34:1-12; Salmo 90:1-6, 13-17; 1 Tesalonicenses 2:1-8; Mateo 22:34-46

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La historia que escuchamos en el Evangelio de hoy es profunda y decisiva, significativa por su contenido y sus implicaciones para nuestra comprensión de la fe y nuestra relación con Dios. “Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron y uno de ellos, un abogado, le hizo una pregunta para ponerle a prueba. Maestro, ¿qué mandamiento de la ley es el mayor?”.1 

En el contexto del Evangelio, este relato forma parte de una serie de debates que Jesús mantuvo con oponentes religiosos en el templo de Jerusalén durante la última semana de su vida. En las últimas semanas, hemos escuchado varios casos en los que se cuestionó la autoridad de Jesús; los fariseos intentaron atraparlo con una pregunta sobre los impuestos, y los saduceos intentaron confundirlo con una pregunta sobre la resurrección. 

La pregunta del abogado, tal como se plantea en el Evangelio, es una prueba, aunque la naturaleza de la prueba no queda clara de inmediato. Carece de la franqueza de la pregunta anterior de los fariseos sobre la legalidad de pagar impuestos o tributos al emperador, en la que un simple “sí” o “no” podía tener profundas implicaciones. En cambio, esta pregunta es más abierta e invita a responder más allá de una simple afirmación o negación. 

En el texto, Mateo nos recuerda que, antes de este encuentro, Jesús había superado con éxito la difícil cuestión planteada por los saduceos, los sacerdotes que servían en el Templo de Jerusalén. Habían planteado a Jesús una pregunta aparentemente insuperable sobre la Torá, pero Jesús superó la prueba con éxito. Ahora era el turno de los fariseos. 

Es mucho lo que está en juego en este encuentro. Los fariseos, alarmados por la creciente influencia de Jesús sobre las masas, están deseosos de sofocar este movimiento floreciente antes de que cobre mayor impulso. Su pregunta no está motivada por un deseo genuino de aprender, sino que es un intento calculado de hacer tropezar al rabino de Galilea. 

En respuesta a su pregunta, Jesús ofrece una sucinta síntesis de sus enseñanzas y acciones: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. Y el segundo es semejante: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.2 

Este pasaje de Mateo 22, que nos llama a amar a Dios y al prójimo, es un mensaje que resuena con urgencia y relevancia en nuestro mundo contemporáneo. Sirve como recordatorio crucial de los principios fundamentales que deben guiar nuestra fe y nuestras interacciones con los demás. 

Al acatar estos mandamientos, estamos llamados a dedicarnos de todo corazón a amar a Dios con el corazón, el alma y la mente, y a extender a nuestro prójimo la misma bondad y consideración que deseamos para nosotros mismos. No son meras pautas, sino directivas activas que nos llaman a vivir vidas marcadas por un profundo compromiso y compasión. 

No se puede exagerar el reto que supone vivir estos mandamientos en un mundo caracterizado a menudo por la división y el odio. Las fuerzas divisorias que invaden nuestra sociedad pueden dificultar la adhesión a los principios de amor y unidad que Jesús propugna. Sin embargo, ante tal adversidad, estos mandamientos se vuelven aún más vitales y transformadores. 

No es infrecuente que las personas alberguen una concepción de Dios inferior al Dios Único de las Escrituras, la Santísima e Indivisa Trinidad. Se tiende a crear la imagen de un dios pequeño, un dios que se ajuste a nuestros deseos y nos proporcione consuelo y justificación para nuestras acciones. Este dios pequeño sirve esencialmente como mascota, un emblema conveniente que avala nuestros prejuicios y privilegios. 

Tal enfoque se aleja de las enseñanzas del Dios Único, Creador de todo lo que existe, que extiende su amor incluso a la más pequeña de sus criaturas. Este Dios nos llama a trascender nuestros prejuicios y privilegios y a abrazar una fe inclusiva y afirmativa. 

Amar a Dios en un mundo dividido exige enraizarnos en Cristo y buscar sabiduría y fortaleza a través de la oración, el culto y la reflexión espiritual. Este arraigo nos proporciona fortaleza y resistencia para afrontar el odio y la división que nos rodean. 

Del mismo modo, amar a nuestro prójimo en un mundo plagado de enemistad nos llama a resistir la atracción de la división y a elegir activamente la compasión, la empatía y la comprensión. Esto implica cruzar la línea divisoria, comprometernos con quienes son diferentes de nosotros y desafiar los sistemas y estructuras que perpetúan la injusticia y el odio. 

Amar al prójimo como a nosotros mismos es reconocer la imagen de Dios en cada persona que encontramos, extendiendo el amor más allá de los confines de nuestros círculos inmediatos y abrazando a toda la humanidad con los brazos abiertos. 

La invitación de Jesús es clara: nos llama a ver la verdad de que la ley y los profetas deben entenderse a la luz del amor. Se trata de una nueva forma de ver, basada en el aprendizaje y el crecimiento. 

Todo depende del amor. 

El amor del que habla Jesús le costó la vida. El término utilizado en el texto griego para describir este amor es “ágape”. El amor ágape es un amor desinteresado, sacrificado e incondicional que busca el bienestar y la felicidad de los demás, independientemente de sus acciones o comportamientos. Es la forma más elevada de amor, que trasciende las necesidades o deseos personales y se basa en la empatía, la compasión y un profundo sentido de interconexión con todos los seres. El amor ágape comienza con Dios y su amor por nosotros. 

Jesús nos ofrece una nueva forma de ver, una perspectiva única que nos ayuda a navegar por las complejidades de la vida y el amor. Nos recuerda que la claridad en esta vida no se deriva de nuestras funciones o profesiones, ya seamos abogados, fariseos o sacerdotes, sino de la misericordia y la gracia de Dios. 

Dios nos brinda innumerables oportunidades diarias para alinearnos con su voluntad. Cada mañana, al contemplar el amanecer, nos enfrentamos a una elección: dar por sentada la belleza de un nuevo día o expresar gratitud a Dios por el don de la vida. En nuestras interacciones diarias con el mundo que nos rodea, podemos acercarnos a los demás con el corazón abierto, dispuestos a escuchar, aprender y, en última instancia, amar. 

Los mandamientos de amar a Dios y al prójimo nos llaman a transformar nuestros corazones, mentes y almas y a trabajar para crear un mundo caracterizado por el amor, la compasión, la unidad y la justicia. Nos imploran que veamos a los demás no como extraños, enemigos o forasteros, sino como hijos amados de Dios, merecedores de dignidad, respeto y amor. 

Nuestro camino está claro: debemos anclarnos en Cristo, recurriendo a la sabiduría y la fuerza que se encuentran en la oración, las Escrituras y la Eucaristía. Al hacerlo, Dios nos equipa para contrarrestar el odio y la división que corren el riesgo de fragmentar nuestro mundo. 

Esta llamada al amor no está exenta de desafíos. Nos exige salir de nuestra zona de confort, acercarnos a quienes son diferentes de nosotros y reflexionar sobre nuestros propios corazones y acciones. Nos invita a preguntarnos si realmente vivimos el mandamiento de amar a Dios y al prójimo y a evaluar hasta qué punto nuestras vidas reflejan las enseñanzas de Jesús. 

Además, amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos nos llama a desafiar y desmantelar las estructuras y sistemas que perpetúan la desigualdad, la injusticia y la opresión. Nos exige ser valientes en nuestra búsqueda de la justicia, oponiéndonos al racismo, al sexismo, a la homofobia y a otras formas de discriminación que nos dividen y niegan la dignidad y el valor inherentes a cada individuo. 

Al reflexionar sobre este pasaje del Evangelio, debemos preguntarnos: ¿Cómo vivimos el mandamiento de amar a Dios y al prójimo? ¿Están nuestras acciones en consonancia con las enseñanzas de Jesús, o nos limitamos a hablar de boquilla? La respuesta a estas preguntas determinará en última instancia nuestro impacto en el mundo que nos rodea y el legado que dejemos. El mandamiento de amar a Dios y al prójimo no es un acto puntual ni algo que podamos tachar de una lista. Se trata más bien de un camino permanente que requiere reflexión, introspección y acción constantes. Exige que nos esforcemos continuamente por ser mejores, por hacer las cosas mejor y por amar más profunda y plenamente. 

Mientras caminamos por la vida, recordemos las palabras de San Pablo, que nos recuerda que “la mayor de ellas es el amor”.3 El amor es el fundamento sobre el que se construyen todas las demás virtudes, y es el principio rector que debe informar nuestros pensamientos, palabras y acciones. 

En conclusión, el mandamiento de amar a Dios y al prójimo es una directiva poderosa y transformadora que puede cambiar nuestras vidas y el mundo que nos rodea. Nos llama a cultivar un amor profundo y duradero por Dios, a extender ese amor a nuestro prójimo y a trabajar incansablemente para crear un mundo caracterizado por la justicia, la compasión y la unidad. Al hacerlo, nos convertimos en verdaderos discípulos de Jesús, viviendo sus enseñanzas y siguiendo sus pasos. 

Al salir al mundo, abracemos esta llamada al amor con el corazón y la mente abiertos, y tengamos presente la palabra atribuida a San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor, y encontrarás amor”. Cuando ponemos amor y encontramos amor, podemos transformar verdaderamente nuestras vidas, comunidades y el mundo, y podemos convertirnos en faros de esperanza, amor y luz en un mundo a menudo marcado por la oscuridad y la desesperación. 

Así pues, que nuestras acciones sean un testimonio del poder transformador del amor. Amad con valentía, amad con convicción y amad con toda la fuerza de vuestros corazones, mentes y almas. En ese amor encontramos la esencia del Evangelio y el remedio que nuestro mundo roto necesita con tanta urgencia. Armados con el amor ágape, formamos parte de un mundo en el que se derrumban los muros de la división y brilla la luz de Cristo. 

Amén. 

 

1 Mateo 22:34, Nueva Versión Estándar Revisada (“NRSV”)

2 Mateo 22:36-37, NRSV

31 Corintios 13:13